martes, 3 de noviembre de 2009

Sucedió en la línea 3

Buenos días lectores.

Días sin redactar blog ha transurrido. Hoy martes una fría mañana ha aparecido. Salgo de casa y mis cachetes sienten el helado aire frío. No hay de otra, debo seguir mi camino para llegar a mi destino.

Pues bueno, tal y como lo leen, sucedió en la línea 3. Ayer lunes, me surgieron unos planes. Se suponía que debía despertarme tarde, pero no fue así. Nuevamente, tuve que alejarme de las cobijas para traslardarme a mi destino y atender este deber. Mi ruta por supuesto, usar el metro. ¿Quién no ha usado el metro?... yo creo que todos alguna vez lo hemos usado. Tomé la combi, esas pequeñas unidades de transporte público donde apenas caben unas 12 personas apretaditas. Me dirigía a Metro C.U. La combi, vacía, sin gente, se notaba que era un día "muerto" no en vano haciéndo apócope a que era "Día de Muertos", y aunque no es propiamente un apócope, le queda bien la analogía. Llegué al metro y me dirigí al andén. Sin gente, sin ambulantes, sin nada... no parecía el metro de la Cd. de México. Con el avanzar del convoy pocas personas abordaban el vagón. Lugares disponibles hubo siempre. Debía estar en Metro Hidalgo, y con tiempo suficiente y anticipación iba. Llegaba el metro a la estación Eugenia. Aquella estación que el 99% de la gente piensa que su imagen, su logotipo es un "sombrero de bruja". Pues no, no, y no... y aunque fue día de muertos, la imagen de metro Eugenia NO es un sombrero de bruja. Se trata de una cigueña, haciendo alusión al vocablo Eugenia, cuyo significado es "la que bien nace" o "la bien nacida", en clara referencia al simbolismo de un recién nacido cuya reliquia popular aterriza en que es una cigueña quien entrega siempre a un recién nacido. Pero bueno, fué aquí, en esta estación, lo que sucedió en la línea 3. De repente, un caballero, joven, con traje gris oxford y corbata azul con franjas blancas aborda el vagón. Iba muy bien arreglado, con una pequeña petaca o maletín. Supuse que era un pasajero más. De repente, empieza lo inesperado. El caballero con voz fuerte se presenta ante los menos de 30 pasajeros que ibamos en ese vagón. Se escucha franqueza en su voz, pero también desesperación, enojo, tristeza. Se trata de un técnico en computación, cuyo nombre era Xavier, y por respeto y privacidad no diré sus apellidos. Se presentó y comenzó a describir su situación. Con 27 años de edad, acababa de perder su trabajo, se encontraba desempleado. Del maletín sacó documentos que acreditaban su historia: últimos talones de pago en donde laboró, algunos comprobantes, un par de credenciales, fotos personales, etc. Brevemente aseguró que le urgía cubrir un pequeño adeudo, pues él nunca había sido un buen ahorrador y no podía solventar ese gasto... en verdad se apreciaba: era un hombre desesperado. Relató que tenía una esposa y una hija a las que amaba y que él hacía lo imposible para sacar adelante a su pequeña hijita, de meses de edad. Creo que ya decir estas palabras en un vagón del metro, ir vestido así y todo eso... tiene un mérito importante. Curiosamente, su forma de pedir ayuda fue lo que mas me conmovió. De repente dijo "señores pasajeros, yo sé que mis problemas no son de su incumbencia, yo sé que estos son mis problemas, pero la necesidad de mi familia es primero y quiero decirles un pequeño poema que escribí. No soy un gran poeta, pero quiero sacar esta deuda lo mas pronto posible". De repente, como pocas personas, la expresión corporal comenzó al tiempo que empezaba a decir el poema... el cual mas o menos decía así en su primera estrofa: "Hoy me encuentro cabisbajo, triste y preocupado me encuentro hoy, un pequeño poema les ofrezco hoy, ya que la semana pasada he perdido mi trabajo"... algo así decía su primer estrofa, la cual apunté rapidamente en mi libreta que cargo siempre en mi mochila.
La poesía continuó y al finalizar el hombre solo agradeció. Se veía satisfecho consigo mismo por haber hecho eso, pero en su rostro se apreciaba un poco de timidez por "estirar la mano" y recibir alguna moneda. Varias fueron las personas que lo ayudaron, yo incluído. El solo hecho de haber intentado declamar un poema improvisado es un mérito bien logrado.

En un instanté me puse a pensar que hubiera pasado si algo así me sucedería. De verdad es de aplaudir subirse al metro y pedir ayuda de esa manera. Y no debe ser nada, pero nada fácil hacerlo. Pasar de tener un trabajo estable a necesitar dinero y tener que buscar ayuda aunque sea en los vagones del metro... no cualquiera lo hace. La necesidad y la desesperación conducen a la gente a hacer cosas impensables. La actualidad en la Cd. de México ofrece un panorama crudo de pobreza, marginación, desempleo, e inestabilidad social que estan llevando a la gente a hacer cosas inesperadas o a tomar acciones poco creíbles con tal de avanzar y seguir adelante. El caballero descendió en la otrora estación Etiopía, ahora conocida también con el nombre de Plaza de la Transparencia. El hombre pasó al otro vagón y seguro la historia se repetiría.

Si se trató de una estafa, no me importa. Si se trató de una mentira, tampoco me importa. Si se trató de un engaño cruel y manipulador, tampoco me importa. Lo que me importó fue la forma como expresó el poema, algo que a mí, que me encanta escribir, NO sería capaz de hacer ni después de 20 ensayos.

Por eso es que el metro "rulea" para transportarse. Por eso es que el metro es la ley. No hay nada como los empujones en las horas pico. No hay nada como subir y bajar escaleras. No hay nada como esperar el vagón y encontrar un asiento desocupado para "echarse una pestañita". Por eso el metro es el metro. Un lugar donde encontraremos de todo, donde nos pasará de todo, y donde podremos convivir con todo tipo de sujetos, personas, delincuentes, abusadores, gays, policías corruptos, enfermos, vagabundos, ambulantes, prostitutas, pedófilos, transexuales, y sobre todo, gente común, que es la que le da vida a esta Cd. de México.

Pero bueno, creo que a todos nos han tocado experiencias extrañas en los vagones del metro.

Hasta la próxima.